(Anécdota #2) 00:00 de Siddhartha

 J. Luis López

 

A veces parece que la música tiene un significado distinto. No es lo mismo escuchar una canción cuando te encuentras en la sombra de la tristeza, que escucharla cuando te encuentras en un punto de felicidad ininterrumpida. Parece que la resignificación de cada canción depende, en alguna medida, del estado de ánimo. Pero la cuestión no se agota allí, ¿Qué pasa cuando, como músico aficionado, intentas interpretar una partitura? ¿también se transforma la interpretación por tu estado de ánimo? No lo sé, llevo más de 10 años en bandas de música y son pregunta que hasta ahora no puedo responder.

            Hoy asistí a ensayo. Nuestro director nos indicó que es importante prepararnos para las presentaciones por venir. Una de ellas será en Aguascalientes, en la feria de San Marcos. Hay algo curioso sobre ese evento, pero, esa anécdota la dejaré para después. La otra presentación gira alrededor de la conmemoración de la batalla del cinco de mayo. Aquí en Puebla se realiza un desfile para homenajear dicha batalla. Los ensayos, por esa razón, a veces son extenuantes. Sin embargo, nunca dejan de ser divertidos y de presentar curiosidades que me parecen importantes retratar.

            El ensayo transcurría con normalidad. Junto a Haziel y a Raúl revisábamos las piezas que presentaban ciertas imprecisiones a la hora de interpretarlas. Poco después, aparece la primera revelación del ensayo. Descubrimos que una cadencia que ellos me habían enseñado estaba mal. A su lado, yo soy el nuevo ahí en Ángeles, entonces suelo tocar las canciones como ellos me indican, pero hoy descubrí que incluso ellos a veces olvidan las piezas. Adaptarlas siempre ha sido como un talón de Aquiles.

            Ese hecho me confirmó la importancia de llevar partituras, siempre es más confiable seguir la música a través de ellas que intentar acertar al ritmo. Continuamos estudiando y pasamos a una nueva canción que estamos intentando ensamblar con toda la banda. Mientras la ensayábamos se acercó Yiriam (sí, la chica de la sandía). Por unos momentos nos miró ensayar, su curiosidad se incrementó e incluso estuvo tocando un rato con nosotros. Esta canción tenia un ritmo particular. En varias secciones de la partitura se repetía la misma secuencia: un, dos, tres… un, dos, tres… un, dos, tres…

            Ante la repetida secuencia, Yiri comenzó a fijar toda su atención en ella. Así apareció la segunda revelación. Se acercó lentamente hacia mí y me dijo “¿ya notaste que ese ritmo suena igual que la canción 00:00 de Siddhartha?”. En todo el tiempo invertido en esa partitura jamás había encontrado aquella similitud descubierta por Yiri. No obstante, en ese momento sucedió algo extraño. Cada vez que nos solicitaban repetir la pieza, yo ya no podía sacar de mi mente la canción de Siddhartha, evidentemente comencé a equivocarme.

        Por razones que rebasan los límites de la banda, esa canción comenzó a evocar una serie de recuerdos. Todo estaba ahí, me encontraba en el presente, en el ensayo. Sin embargo, mi mente estaba en el pasado, en una serie de recuerdos que aparecían uno tras otro, de fondo seguía escuchando la canción de Siddhartha, a pesar de estar interpretando en el presente una pieza totalmente diferente. A medida que avanzaban los recuerdos, mi habilidad para interpretar la nueva partitura se reducía. Continué equivocándome. En ese momento, sumado a los recuerdos y a mi presencia en el ensayo, comencé a pensar en el impacto y la resignificación de las canciones a través de nuestro estado de ánimo. A partir de ahora la canción de Siddhartha tienen, al menos para mí, una resignificación. Será la canción fantasma, oculta bajo la nueva pieza de la banda. 

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