Al frente (me lo dices como amigo o como jefe)

J. Luis López

Los pasillos del bachillerato siempre me parecieron muy angostos, era difícil no chocar con los demás cuando todos teníamos prisa por llega a nuestros salones. La hora de salida no era diferente, los pasillos se volvían un conglomerado de cabezas humanas que intentaban salir del instituto. Me sentía afortunado por no tener que navegar en ese mar de estudiantes con suéteres rojos. Yo siempre esperaba en el tercer piso. Después de las clases, la banda de música se volvería mi brújula. Ensayar dos horas después de la salida era, muchas veces, la única razón para ir a la escuela. A veces en el patio, a veces en la azotea, pero siempre junto a un instrumento.

Los ensayos en el patio nos permitían, a la sección de percusión, poder extendernos a lo largo de las canchas o ver quiénes ingresaban a la escuela por la tarde. Así fue como vi por primera vez a Yallo, un exalumno del bachillerato que en aquellos momentos estudiaba cultura física. El año era 2012, lo recuerdo bien porque me encontraba en el sobresalto de la adolescencia. Todo se vivía con una intensidad que se ha ido perdiendo a lo largo del tiempo. Entre ensayos, presentaciones, desfiles, borracheras y corazones rotos se fueron construyendo los lazos de una gran amistad. 

Finalizó el bachillerato y poco antes nuestros caminos ya habían tomado direcciones diferentes. Yo ingresé a la universidad, entre a la Minerva, la que en aquellos años era su banda de música. Yallo decidió ir a Ángeles. Ambas bandas comenzaron a formar una rivalidad que puede estar documentada en los antiguos datos de Facebook. Pero, a pesar de eso, nunca dejamos de frecuentarnos. Las fiestas reunieron y siguen reuniendo un sinfín de anécdotas para la posteridad. Cuando nos encontrábamos en algún desfile o alguna presentación los crossovers no dejaban de ser extraños entre las bandas rivales. Yallo vestido de charro y yo de azul. 

El tiempo continuó, nuestros corazones continuaron rompiéndose, las salidas para platicar de la vida jamás faltaron. En algún momento llegaron a pensar que éramos hermanos, confusión que celebramos con medio kilo de cacahuate en el parque del Carmen. Mi amigo terminó por salirse de Ángeles e ingreso a la Minerva, eso coincidió con uno de los peores momentos en mi vida. Él fue quien nunca me abandonó. Así, la amistad pasaba a través de los años, volvíamos a tocar en la misma banda. Pero, eso no duró lo suficiente pues aquella banda en la que entré cuando apenas iniciaba la licenciatura dejó de existir. 

Todo apuntaba a que las bandas iban a dejar de ser una parte de nuestra vida. Al menos nos dejaron una amistad legendaria. Sin embargo, eventualmente, cada uno deambulo de nuevo por diferentes agrupaciones. Yo, tras un reencuentro épico de los exintegrantes de Minerva, había decidido jamás volver a tocar en algún lado. Pero, una noche de invierno todo cambió, me reuní con Yallo. Él ya era profesor en una banda que estaba renaciendo, que se estaba levantando. Me invitó a participar, no pude negarme y nuevamente estaba tocando junto a mi amigo. 

El chip cambió en Zacatecas, fuimos a participar en un evento de bandas sinfónicas, la sección de percusión hizo una pequeña presentación. Todos estábamos formados recibiendo indicaciones de Yallo, quien estaba al frente, en el centro de la plaza. En ese momento ya no estaba tocando lado a lado de mi amigo, estaba recibiendo la dirección de él. Todos los recuerdos comenzaron a llegar, los desfiles, las presentaciones, los eventos juntos. Ahora había algo diferente, sí, seguíamos codo a codo, yo como un integrante más de la banda, él como el profesor de la sección de percusiones. Vi de primera mano todo lo que él pasó para poder avanzar, para poder alcanzar el lugar donde se encontraba. Mientras señaba la próxima cadencia por tocar, lo único que pude pensar fue: me lo dices como amigo o como jefe. Una u otra forma no imparta, directa o indirectamente siempre me ha acompañado y algunas veces llevado por el sendero de las bandas. 


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