Primer viernes

J. Luis López


Las cafeterías son un punto de encuentro neutral. Las personas se reúnen para platicar, festejar, reír, saborear, comer, beber, sorprender o declararse. Seria complicado enlistar todas las actividades realizadas dentro de aquel espacio donde se sirven alimentos y bebidas. Además, una cafetería te permite crear un vínculo con los demás, pero, respetando ese espacio personalísimo que llamamos hogar. Por ello, podemos decir que es un espacio neutral, pues una cantidad considerable de gente converge ahí todos los días para relacionarse. Cuando las personas salen, cada cual tienen la elección de ir a su casa si así lo prefiere, a su propio espacio, convirtiendo a las cafeterías en lugares siempre compartidos.

                Justamente en una cafetería fue nuestra primera cita, compartimos palabras y risas. Ahora, solo queda el recuerdo. Sin embargo, hoy, el último viernes del año, estuve ahí, en esa cafetería. Te esperé alrededor de tres horas, por desgracia no llegaste. Supongo que ya lo tenía previsto, jamás esperé a que leyeras alguna de las cartas escritas para ti, pero, mi romanticismo me hizo venir y crear una película en mi mente, una historia idílica donde todas mis ilusiones pasaban. Por otro lado, mientras veía pasar el tiempo observé las otras mesas a mí alrededor; en una de ellas estaba una anciana leyendo un libro, pero no pude ver su portada, en otra estaba una pareja compartiendo un pastel y bebiendo lo que yo supuse era chocolate caliente; ya en la siguiente mesa se encontraba un joven aproximadamente de veintisiete años, se notaba cansado, estaba comiendo un emparedado con un poco de agua de horchata. Entre cada intervalo de tiempo el muchacho veía su reloj, quizás esperaba a alguien o quizás debía ir a otro sitio. Comencé a preguntarme cuál era la razón de que estuviese allí. Así, como no tenía nada más por hacer, me puse a inventar una historia para responder a mi pregunta.

                Eduardo había llegado a la cafetería tras un largo día de trabajo. Como cajero de un banco, durante su jornada laboral, atiende a un gran número de personas; recibiendo saludos, agradecimientos y a veces gritos, realiza las diferentes transacciones que las personas desarrollan con sus respectivas actividades. Así, todos los días al salir del banco, Eduardo se dirige a la cafetería, come su emparedado y pide el agua de sabor del día. Cuando comienza a comer se mantiene pendiente al reloj pues, después de esa comida, se dirige al hospital donde está internado su hermano Miguel desde hace algunos años. Eduardo fue el menor, solo tuvo un hermano siempre enfermizo. Celoso de la atención que recibía su hermano, el pequeño Lalo se pasaba las tardes enojado. Todo seguía cierta monotonía hasta aquel día. Una tarde, cuando él tenía 17 años, su hermano fue internado al hospital (algo que parecía rutinario en la familia). Cansado de monotonía de cuidar a su hermano, Lalo no se despidió de él aquel día, incluso, apresado por los celos, llegó a pensar que estaba fingiendo. No obstante, en esa visita al hospital su hermano cayó en coma. Han pasado 10 años desde aquel momento, Eduardo ha visitado a su hermano cada día de su vida. Quizás por la culpa o tal vez por el amor de hermanos, Lalo pasa cada tarde de su vida en el hospital con su hermano, en cada visita, él se la pasa leyéndole historias, no sabe si lo escucha, pero no deja de hacerlo. Esa es la razón por la cual siempre está en la cafetería, come su emparedado y no deja de revisar su reloj. No se le vaya a hacer tarde para ver a su hermano.

                Mientras imaginaba toda esta historia me hundí en mis pensamientos, me desconecté del mundo. No pude notar que aquel joven de aproximadamente veintisiete años ya no estaba en la cafetería. Voltee a ver a su mesa, simplemente ya se había ido. Conectado nuevamente con la realidad, miré mi reloj, dos horas ya habían transcurrido. Permanecí una hora más pero no llegaste. No te preocupes, te espero el siguiente viernes. 

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