(Anécdota #1) Una sandía en el camino
J. Luis López
Es habitual que tras un desfile
nos ofrezcan un poco de comida, quizás por agradecimiento o tal vez por genuina
preocupación. El desgaste invertido en la marcha rebaza nuestra vitalidad,
pero, la satisfacción de bailar, tocar y observar a las personas disfrutar de
cada canción, de cada cadencia, de cada baile, compensa sin lugar a duda todo
el desgaste físico. El lugar asignado fue Pénjamo Guanajuato, celebrando la
fecha de su fundación se dio pauta a un desfile conmemorativo en el que
participé con Ángeles, la banda de marcha a la cual pertenezco. Recuerdo un
recorrido quizás no tan largo pero muy caluroso. Así, tras pasar por algunas de
las principales calles de la ciudad el desfile llegó a su fin. Cuando terminó
los organizadores del evento nos llevaron a comer. Ahí estábamos, una banda cansada,
pero compartiendo tortillas, salsa y carnitas. Finalizando la hora de la comida
nos dirigimos a los autobuses, los cuales nos llevan de Puebla a diferentes
estados. En sus asientos pasamos experiencias inolvidables; sin embargo, ir
hacia ellos después de un evento siempre resulta una misión sumamente
complicada pues entre el cansancio, el calor y la sensación de estar satisfecho
por la comida, se genera una especie de limbo donde caminar por las calles se
convierte en una ensoñación.
Ahí me
encontraba, caminando por las calles de Pénjamo con la intención de llegar a
los autobuses. Iba siguiendo a la sección de percusión que se había adelantado,
cada uno cargando su instrumento para guardarlo en el autobús. Como el
cansancio muchas veces nos rebaza, los percusionistas solemos pedir ayuda a los
otros integrantes de la banda para que nos apoyen cargando un rato nuestros
instrumentos, con el paso de los años se va reduciendo el tiempo en el que
aguantamos cagar nuestro instrumento. Justamente era el favor pedido por
Jonathan, un buen amigo que venía caminando delante de mí, a Yiriam, la chica
más risueña que he conocido. Cuando lo noté, Yiri estaba cargando su tambor. Así transcurrieron varias calles, el calor y
el cansancio cada vez se sentía más agotador. En ese momento, toda la banda
pasó frente a un establecimiento que vendía fruta.
—Mira, con
este calor esa sandía se ve deliciosa— Le dijo Yiri a Hachi (mi compañero en la
línea de bombos) mientras todos pasábamos por ese puesto de frutas.
—¿y qué tal
esos melones? — Respondió Hachi. Con ello, seguido de la tradición mexicana de
dar a cada una de nuestras frases otro sentido, comenzamos a reír. Pensé “es
impresionante como el albur de nuestro país juega con el lenguaje”.
Después de esa brevísima conversación avanzamos algunos metros. En ese lapso alcancé a Yiri, comencé a caminar junto a ella y antes de decir cualquier cosa, escuchamos a un señor de Pénjamo preguntar por la chica que había dicho lo de la sandía. Con una gran amabilidad tal señor comenzó a buscarla entre los diferentes integrantes de la banda. Al identificar a mi amiga, esta persona le dio una gran rebanada de sandía, la sonrisa de Yiri no pudo contenerse. Dicha sandia se pintaba de un rojo intenso, aún conservaba su cáscara como base de la rebanada para que pudiese tomar la sandía sin mancharse por el rojizo de la fruta. Así, con una alegría singular, Yiri comenzó a contarle a toda la banda que le habían dado una enorme rebanada de sandía; al mismo tiempo, la compartió con cada uno de nosotros.
Con esta peculiar anécdota, Yiri me pidió que le tomara una foto para tener un recuerdo pictórico de aquel momento, pues, toda fotografía es la impresión de un instante, cada recuerdo se vuelve más vívido si tenemos su representación. De esta manera, tras su petición me dispuse a tomar la foto, aún lo recuerdo. Yiriam estaba frente a mí, el fondo de la imagen era proporcionado por el horizonte de Pénjamo, ella se encontraba cargando el tambor, lo sostenía con una mano apoyada con un chaleco. Algunas de sus pulseras se asomaban en su muñeca pues portaba el uniforme de Ángeles y este es de manga larga. Frente a su rostro había colocado, con la otra mano, la gran rebanada de sandía; sin embargo, a pesar de que la enorme rebanada cubría su boca, su sonrisa era completamente perceptible. Uno sabía que tras esa sandía había una gran expresión de alegría en sus labios. Recibió de la nada un bonito detalle en forma de fruta y todo quedó plasmado en una fotografía, la chica con su sandía.
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