Encuentros inesperados

 J. Luis López


En la universidad un profesor, quien posteriormente se volvería un gran amigo, me dijo “ten cuidado con la coincidencia”. Al inicio no había comprendido a qué se refería con eso, decidí esperar algunos días. Cuando llegó el día de su clase llegué temprano para interpelarlo sobre la frase que me compartió días atrás; le pregunté, “doctor ¿a qué se refería con la frase que me dijo sobre la coincidencia?” “Has pensado qué es una coincidencia -me respondió con interés-.” “Supongo que podría ser cuando dos eventos inconexos se entrelazan uno con otro -en realidad nunca lo había pensado, pero respondí apelando a mi sentido común-.” Ante mi respuesta, el doctor sonrío con un aire irónico pero comprensible, me comentó: “No lo hagas tan complejo, la coincidencia es más simple de lo que creemos, de ahí su peculiaridad de cambiar nuestras vidas. Si quieres saber, te lo diré: que ahí donde no sucede nada, suceda algo. Eso es la coincidencia.” Con esa definición terminamos nuestra pequeña plática para comenzar con la clase. Él me impartía la materia de Filosofía de la Cultura, el Dr. Ricardo Peter que por los designios del tiempo jamás pudimos retomar nuestra charla sobre la coincidencia pues ya no se encuentra en el terreno de los vivos.

Varios años han pasado desde aquella clase, si recordé mi charla con Ricardo fue por estar pensando en la última coincidencia que, hasta ahora, ha sucedido en mi vida. Toda la historia comenzó tras coincidir una noche. Me invitaste a una reunión para festejar el cumpleaños de una amiga que tenemos en común, siendo honesto ni siquiera estaba seguro de ir. Durante la reunión platicamos, reímos, cantamos, en general pasamos una buena tarde. Sin embargo, como sucede en toda reunión, con el paso del tiempo nuestros amigos comenzaron a irse y en ese momento paso nuestra coincidencia. Al final nos quedamos solamente tú y yo. Decidimos caminar algunas calles de la ciudad hasta que llegamos a una pequeña banca de madera en la cual te acostaste, al ver eso me senté en el piso, nuestros rostros quedaron de frente. Por primera vez veía directamente tus ojos mientras comenzábamos a platicar. Hablamos de las nubes, de la luna, del cielo, de las palmeras, de las medusas; quizás daba la impresión de que no tenía ningún sentido nuestra plática, pero con cada palabra veía, como en una ventana, algunos destellos de tus pensamientos. De pronto, entre algunos espacios de nuestra charla, nos besamos. Así fue como inició.

Tras esa noche comenzamos a platicar y vernos un poco más. No olvidaré la tarde por el museo, ni la visita al café donde elogiaron tu increíble maquillaje, tampoco el haber escuchado contigo a un santa Claus rockero, mucho menos todas nuestras pláticas en el parque, ni cuando nos atravesamos aquel boulevard de la ciudad corriendo, ni la vez que llevé una licuadora a tu casa para prepararte unos chilaquiles. Aquel día me pareció una experiencia surreal. Lo recuerdo bien, antes de irme a trabajar tomé la licuadora de mi casa, la envolví con una franela para evitar cualquier golpe y salí en dirección a mi trabajo, mientras caminaba no dejaba de pensar “tengo una licuadora en la mochila, ¿de verdad voy a impartir todas mis clases con una licuadora en la mochila?” Jamás pensé que una licuadora terminaría significando tanto.

Todos los momentos que compartí contigo los recuerdo. No obstante, por diversas razones ahora estamos lejos, no he sabido de ti, pero espero que te encuentres bien. Si me llegaran a preguntar si en algún momento llegué a prever toda esta situación, la respuesta es un rotundo no. Jamás me imaginé que nos iba a pasar todo esto, pero pasó, por eso es una coincidencia; pues, ahí donde no iba a suceder nada, sucedió algo. Quizás si no hubiera asistido a esa reunión o incluso si me hubiese ido más temprano, quizás jamás habría sucedido algo. Sin embargo, coincidimos y sucedió. Por ello, ahora que ha finalizado nuestro casual encuentro, solo tengo algo por decir: agradezco que hayas coincidido conmigo.

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